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Edgardo Spina: “mi papá era un tipo muy humilde”

Uno de los hijos del ex intendente de la ciudad, Pedro Spina, recordó a su padre a 19 años de su partida.

 

Hay personas que pasan por la vida pública y dejan huella mucho más allá de sus obras o sus mandatos. Don Pedro Spina fue una de ellas. En este recorrido por los recuerdos de sus hijos Edgardo y Adrián, y de quienes lo conocieron de cerca, se reconstruye la historia de un hombre sencillo que gobernó Arroyo Seco con una regla clara: atender a la gente, siempre, sin horario y sin excepciones.


Ser su hijo, sin estar en política
Ser hijo de Pedro Spina no significó hacer carrera política. Edgardo recuerda con naturalidad: “Nunca estuve en política, y hasta el día de hoy hay gente que me pregunta: ¿vos sos el hijo de Pedro? No lo sabía”. Llevar su apellido implicaba también una responsabilidad constante: “Portate bien, porque el apellido pesa”. Una enseñanza que al final da su mayor recompensa: poder caminar por la ciudad con la conciencia tranquila.
Quienes vivieron esa época recuerdan una imagen que resume mejor que cualquier discurso quién era Pedro Spina: el frente de la municipalidad lleno de bicicletas. No vehículos oficiales de lujo, sino decenas de vecinos que llegaban en sus bicis para hablar con él. Y si alguien no lograba ser atendido durante la jornada, él mismo se acercaba a su casa. “Llevame hasta acá, que esta mañana no pude atender a esta señora y no quiero que se quede sin hablar conmigo”, comentaba Edgardo ya que su padre se lo pedía.
Y cuando terminaba su jornada laboral, la atención no terminaba en el municipio. Su casa también era su despacho. Vecinos que tocaban el timbre a las diez de la noche, y él salía a recibirlos igual. Sus puertas, tanto de su oficina como de su hogar, siempre estaban abiertas.


Una advertencia que el tiempo confirmó
Al momento del traspaso de gobierno, le dijo al intendente entrante algo que en su momento muchos no comprendieron y hasta alarmó sin razón: “Los problemas más grandes que vas a tener en la ciudad están debajo de la tierra”.
No hablaba de enigmas. Hablaba de las cloacas, los caños, las redes de agua, todo lo que no se ve pero sostiene la vida de una ciudad. Hoy, años después, esas palabras tienen una claridad meridiana: son justamente esos servicios los que más exigencias nos plantean, los que se rompen, se tapan y requieren atención constante. Pedro lo vio venir antes que nadie.


Grandeza hasta el último día de su mandato
Incluso cuando ya conocía el resultado de la elección y avanzaba su enfermedad, viajando con sus hijos en el auto dijo con una humildad que conmueve: "Si estoy bien —que no creo—, a este chico le voy a dar una mano para que conduzca la intendencia de Arroyo Seco”. Sin rencores, sin amargura: solo preocupación por que la ciudad siguiera bien. Esa era su verdadera grandeza. “Mi papá era un tipo muy humilde”, esbozó Edgardo.


Una ciudad que crece, y un legado que permanece
“Arroyo Seco hoy es otra ciudad. Creció enormemente en estas casi dos décadas, y los desafíos también cambiaron: infraestructura más compleja, problemas de anegamientos, servicios que exigen renovación constante. No sabemos cómo enfrentaría hoy cada nueva dificultad, pero sí sabemos con certeza con qué espíritu lo haría: caminando las calles, escuchando primero, actuando después, y poniendo siempre a la persona por delante del trámite”, dice su hijo.
También quedó la lección de lo que ocurre cuando quienes comparten una historia común no logran mantenerse unidos. Tras su paso, el peronismo local atravesó divisiones que no le hicieron bien a nadie. Como bien se dijo: la falta de unidad se paga en las elecciones, pero la pierde el pueblo que espera soluciones.


Hasta el final, acompañado por quienes lo querían
Estando internado, eran las propias empleadas de la municipalidad quienes lo llamaban para saber cómo estaba, para alentarlo, para decirle “vuelva pronto”. Y él, emocionado, atendía cada llamado. Ese cariño no se ordena desde un despacho. Se gana siendo buena persona, todos los días.


Se fue con las “patas” para adelante
La gente solía decirle: “Pedro, te van a sacar con las patas para adelante”, y así fue. Su velatorio se realizó en el municipio, entre la gente que lo conoció. Edgardo lo resume con orgullo:
“Camino por la calle y no hay nadie que me diga algo malo de mi papá. Ni uno solo. Incluso gente de otros partidos, que no eran peronistas, lo votaban a él. Lo votaban por él, por la persona que era”.
Un abrazo al cielo, don Pedro. Y también a doña Iris. Gracias por enseñarnos que gobernar es, antes que nada, saber escuchar y saber estar.

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